Quiero aprovechar esta entrada para recomendarles una película. Probablemente algunos ya la hayan visto, aunque no es de las más taquilleras. Sin ser cine independiente ni de autor, ni siquiera cine minoritario, aunque Radu Mihaileanu no es un nombre muy conocido en españa -tal vez lo sea en Francia y en Israel, no lo sé-, se trata de una película más propia de los Renoir que del Yelmo.
Cuando aún planeaba un viaje a Israel para este otoño, empecé a descargarme documentales, y sobre todo películas que fueran de esa nacionalidad -paso previo a la visita a un país es acercarse lo más posible a su cultura- y me topé con esta joyita.
¿Cuántos de ustedes sabían que existen judíos negros? En realidad, una visita al
Museo de la Diáspora, en el Campus de la Universidad de Tel Aviv, muestra que el judaísmo tiene múltiples semblantes. No se limita a los askenazíes, judíos centroeuropeos (hablantes de yidish) que nos presentan en las películas sobre la Shoah (el holocausto) y a los sefardíes, parte ignorada y olvidada de nuestra cultura hispánica. El judaísmo tiene rasgos asiáticos, indios y también piel negra.
En Etiopía viven los llamados Falashas, hablantes de amárico -una lengua semítica de Etiopía- y seguidores de la Torah, aunque desconocedores del Talmud. Muy probablemente proceden de una comunidad que abrazó el judaísmo hace dos mil años, y la tradición los sitúa como descendientes de la unión entre el Rey Salomón y la Reina de Saba (en este otro
blog se comentan éste y otros aspectos).
En 1984 el Gobierno de Israel inicia una operación para "rescatarlos" y llevarlos a la Tierra Prometida. La película narra la historia de uno de estos falashas, un niño de 9 años que en realidad es de origen cristiano, pero que su madre hace pasar por judío para salvarlo de la vida de miseria que le espera en el campo de refugiados de Sudán donde viven. Allí será adoptado por una familia francófona de origen norteafricano.
La película muestra todos los aspectos de la vida y la sociedad israelíes, incluso los más oscuros y deleznables -de los que en realidad no se libra ninguna sociedad- pero por encima de todo destaca en todo momento la presencia de lo humano, lo que trasciende nacionalidades, religiones y colores: la amistad, la solidaridad, el amor... En algunos momentos hace llorar, sin ser una obra lacrimógena. Como buen cine francés (es una coproducción francoisraelí) es un poco lenta, pero se trata de una lentitud que, lejos de exasperar, se agradece porque permite saborear la historia. También cuenta con una banda sonora exquisita.
En resumen, me atrevería a decir que es una de las películas más bonitas que he visto hasta el momento. Por supuesto se las recomiendo.
El trailer corresponde a la versión en inglés (extrañamente no he encontrado el original en francés) y además está doblada también al castellano. Incluyo la
ficha técnica.
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